Hola querido México,

Vengo a contarte mi experiencia de varias semanas (ya no sé ni en qué día vivo) en el semi encierro y digo semi porque no estamos totalmente confinados como nuestros vecinos los italianos o franceses. Ellos sí, pobrecitos, no pueden salir ni a la esquina sin que les caigan encima los polis o de perdis una aparatosa multa que te quitan las ganas de asomar la nariz a la calle. En cambio la Confederación Helvetica, alias la Confe, nos da permiso de salir siempre y cuando seamos buenos ciudadanos y respetemos las medidas de seguridad. Ya sabes, lavarse las manos, mantenerse a distancia y toser en el pliegue del brazo y usar tapabocas. Me imagino que debes de estar tan asustado como nosotros lo estuvimos al principio viendo cómo las reservas de gel antibacterial y tapabocas en las farmacias parecían ser una leyenda urbana tampoco saber a quién creerle si a los científicos o a la tía que tiene unos remedios ancestrales super eficaces. A estas alturas del confinamiento el papel de baño ya es lo de menos pero eso sí ya todos nos volvimos cocinero expertos como en TopChef. Olvídate de andar repartiendo tres besos para saludar, como acá es costumbre, hay que guardar Suzanne Distance por aquello de cuatro personas ya es multitud. Ay, pero cómo no salir a quemar unas cuantas calorías y fijar la vitamina D cuando los días han estado tan soleados y resplandecientes. Sería un auténtico desperdicio pasarlos adentro de tu casa viendo series de Netflix y poniéndose tinaco. Maldito Corona Virus, que escogió nombre de luchador rudo y llegó en el peor momento, justo cuando el invierno más suavecito, desde que empezaron las mediciones meterológicas en 1864, llegaba a su fin. Tantas ganas de ir a tomarle fotos a la naturaleza que anda de presumida con sus magnolias, sus cerezos y tulipanes para subirlas a Instagram así como tú lo haces con tus magníficas jacarandas pero qué vas a saber tú de esto, México adorado, si tienes un clima envidiable.

Cuando las autoridades se dieron cuenta que la cosa iba en serio decidieron mandarnos a casa a trabajar, cerrar escuelas y negocios que no fueran de primera necesidad y de plano acabar con la poca vida social que tenía. La noción del tiempo cambió. Todo se detuvo en seco. Así, en un abrir y cerrar de ojos. Podría decirte que me entró un sentimiento parecido al de cuando estás viendo una película y le pones pausa para ir a la cocina a prepararte las palomitas e inmediatamente se va la luz o como cuando es el medio tiempo de un partido de futbol pero los jugadores no regresan a la cancha. Para mi gusto la mejor definición de esta situación sería irse a estrellar derechito contra un muro a gran velocidad y pasar muchos días en convalecencia sin saber cuándo volverás a recuperarte al 100 por ciento. La multa por exceso de velocidad, las clases con mi profesor de manejo para poder cambiar mi permiso extranjero, los días en que mi hijo está en la guardería y puedo ir con calma por mi Rooibos Chai con leche deslactosada mientras me siento cómodamente en mi lugar favorito y procedo a resolver el sudoku du jour del periódico gratuito local en el café de moda tendrán que esperar. Después de todo me dije que por fin podría aprovechar este paréntesis para terminar de tejer la cobija que le haría a mi hijo, de ahora cuatro años, antes de que naciera o que podría empezar a leer los dos libros en español que había pedido prestados a la biblioteca hace casi un mes. Ya veras México, ideas no te faltaran para ocupar tu tiempo en algo provechoso.

Deja tú las calles vacías o el pago únicamente con tarjeta para no tocar los billetes o el exceso de plexiglas en lugares insospechados lo que realmente me recuerda que estamos en una situación de emergencia es ir al supermercado. Las rociadas de desinfectante a la entrada del establecimiento por el personal de seguridad llegaron para quedarse como demostradoras para la degustación del producto nuevo. Deja tú los clientes con tapabocas y dispositivos diversos (vi a una señora con gogles) para protegerse del virus malvado el hecho de que ahora tengas que traer hasta tus propias bolsas para meter las compras, eso sí es insólito. Te puedo decir que ya domino el arte de hacer fila con separación de dos metros entre clientes ansiosos de entrar y vaciar el super. Si vieras la cantidad de estantes vacíos que hay y ya no digamos de primera necesidad porque, aunque en tiempos normales no lo harías, terminarás llevándote tres paquetes de lo que encuentres por si las moscas. Seguro los psicólogos y sociólogos tendrán una explicación coherente al hecho de que me ha invadido una terrible necesidad de consumir harta grasa en todas sus modalidades. Quiero pensar que el cerebro reptiliano cree que estamos en modo de sobrevivencia, como en la época de las cavernas, pero la mera verdad acá entre tú y yo es puritito aburrimiento. Lo que ha provocado que los antojos que tenía encerrados y bajo control se alboroten. Ay, México, si supieras lo mucho que se me han antojado unos taquitos al pastor o una guajolota con su atolito de arroz.

Acá entre nos lo primero que hago cuando me despierto es prender mi teléfono y verificar si la mendiga curva de contagio ya disminuyó o si sigue engrosando las cifras además de contribuir a la angustia de los pequeños empresarios que ya no ven lo duro sino lo tupido. Me entra el morbo de saber si alguno de esos dirigentes mundiales que dijeron que era una gripita ya están en el hospital en terapia intensiva arrepintiéndose de todos sus pecados, bueno, aunque sea de unos cuantos. Para qué nos hacemos mensos la parte divertida de todo esto es recibir y reenviar las creaciones de los artistas del meme que día a día nos hacen olvidar que no somos números en una gráfica sino personas con sentimientos y sentido del humor aunque sea bastante bobo. Quizá por eso todas las noches, desde que empezó esta locura, a las nueve con una puntualidad irreprochable, una ventana de empatía se abre y la gente sale al balcón a aplaudir para agradecer a todos los que trabajan combatiendo el virus para que algún día podamos ir al cine, al restaurante y tomarnos ese cafecito mientras que el mundo gira. No te he contado pero desde que ya no hay aviones en el cielo y ruido en la ciudad, el canto de los pájaros se ve tan solo opacado por la danza de los repartidores de comida en todo tipo de vehículos sin olvidar que ahora nos enteramos de la vida de los vecinos porque salen a hablar por teléfono al balcón.

Para serte sincera creo que lo más duro ha sido acostumbrarse al llamado distanciamiento social o lo que en términos simples es no andarse arrejuntando, apretujando, apapachando, intercambiando babas, ni abrazos del oso, apretones de manos, lengüetazos y esas cosas, tan cercanas, tan carnales, tan necesarias. Uno como sea pero y las ganas de andar abrazando a quien se te ponga enfrente, conocidos y desconocidos para decirles que todo estará bien que saldremos de ésta con pulmones reforzados, con anticuerpos a prueba de pingolines y murciélagos infectos y con un almacenamiento interestelar de gel antibacterial y tapabocas dispuestos a organizar una reventón monumental que la haga de clausura oficial de los juegos Virulímpicos de Wuhan. Yo cruzo los dedos para que el levantamiento del confinamiento se acabe antes de junio porque, no estás para saberlo ni yo para contarlo, aunque tú no quisiste suspender el Vive Latino yo llevo esperando veinte años para ir por primera vez a ver a la tía Axl con los Gun’s n’ Roses al estadio de Berna. Ay, México, te quiero y te extraño y te deseo la mejor de las suertes porque la vas a necesitar. 

Commentaires

  1. Es impresionante que ahora mismo se viva la contingencia igual que en Suiza, da mucho miedo pensar que esto se ponga más difícil en un país en donde la gente no puede dejar de salir a trabajar.
    Coincido contigo en que los días bellos no se pueden desperdiciar sin salir aunque sea a dar la vuelta a la cuadra y más cuando escasean como allá. Igual, con todo lo privilegiado del clima de acá, se ha sentido cruel que la cuarentena llegara al mismo tiempo que la primavera.
    También estoy de acuerdo en que el nombre del bicho es horrendo y da coraje que un episodio tan relevante en nuestra vidas se tenga que llamar de forma tan poco poética.
    Gracias por compartir, que nunca mueran los blogs.

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